¿Qué hace Florentino Díaz entre los objetos?

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Florentino Díaz | No house
Galería Kernel
Hasta el 19 de mayo de 2018

Hay algo en una casa que existe sin nosotros
Miguel F. Campón

Fuera, todo pasa, desconociendo / el mundo nuestro, único, que pasa. Todo ocurre, muy lejos, sin nosotros (Meillassoux). A veces es necesario deslizar una aspiradora por el lenguaje doméstico de lo que nos sucede. Aunque sea de noche, mágicamente, con los ojos cerrados. Borrar las palabras dichas en una casa donde alguien duerme para desprenderse del lenguaje. Podríamos imaginar que, en una habitación, sobre una mesa, descansa el borrador de un libro titulado Lo que está y no se usa nos fulminará, compartiendo espacio con un armario y una silla. Secundariamente, también con un sofá. Podríamos pensar que las cosas guardan el mismo silencio que el suelo que las sostiene. Sin embargo, algo acontece en ellas. Aunque nadie lo escucha, emiten un sonido inédito, una tactilidad adormecida que interacciona detrás de nuestro mundo. La cama ha comenzado a sufrir una vibración que trasmite a la mesa, la mesa envía una leve resonancia hacia el armario, el armario irradia un eco discreto hacia la silla y el sofá. Como animales antes cegados por la domesticidad, las cosas abren sus ojos y terminan interactuando, sin querer, con una entidad (Florentino Díaz) que recorre, con rigor, el laberinto que las comunica.

Extrañamente, en su despertar, los muebles giran su rostro para olfatear una desmedida libertad, las secuencias formales de lo plural, ordenadas en construcciones y en entablados de madera generados por el artista. Más que hablar, los objetos de Florentino Díaz nos hacen sentir que ya no residimos en la vejez de los lugares íntimos. Sabemos, frente a ellos, que la frase de Heidegger “el lenguaje es la casa del ser” fue una carta escrita por un mamífero que habitaba más cerca de Maastricht que nosotros. Si dentro de la casa el tiempo y el espacio acontecían, como la ropa cómoda, sin molestar, las horas se fueron poblando de intrusos materiales, móviles y audaces, que decidieron saltar fuera de las órbitas del pensamiento. Y es que nunca existió ninguna casa. Dormíamos, sin saberlo, al aire libre, como los átomos fluorescentes y desatornillados de Chernóbil. Pusimos toda nuestra confianza en una chabola espacial a la que llamamos hogar, hasta que las palabras “habitante” y “mundo” desaparecieron como burbujas anónimas dentro de la pecera rota de la experiencia. Ahora que la era de la creencia del residir-adentro ha terminado, cuando los objetos domésticos de Florentino Díaz aparecen como bloques ancestrales, las cualidades nuevas de los seres estallan como palomitas de maíz bajo un sol sin cosmos, deshaciendo el parqué invisible de nuestra estructura de mundanidad. Están aquí, sin más, hablando un idioma que no es poético ni filosófico, un dialecto sensorial que nos desaloja, nos desahucia y nos desvía de los cobijos reductores del sedentarismo. El interior de la casa y del ser equivale a un afuera radical donde crece el infinito clamor de los objetos, tan singulares e iniciales como una risa sinfónica que ironiza en los márgenes del confort humano (Harman). Cansadas de decir siempre “sí”, las cosas abandonan los diálogos antropoides y los refugios holísticos. Tras su marcha, ya no regresarán.

Una entidad entre entidades solas, un fragmento que lee fragmentos junto a una frontera de silencio. ¿Convivir, habitar? Allí la casa pierde su espacio como una calculadora podría perder sus números. En las piezas de Florentino Díaz la geometría es también un puñado de materia antes de ser olvidada en las manos. Si no hay casa posible, todo es móvil, y todo lo que es a nadie pertenece. Estamos en una zona anónima de juegos que articulan el design de las percepciones. Por eso el artista es un catalizador que acelera y pausa reacciones asimétricas, prehensiones deslocalizadas, contactos epidérmicos entre plásticos, hierros y procesos técnicos, como un ingeniero vacío que nada quiere poseer. Sus objetos no se fusionan. Limpios, definidos, presentes con la austeridad centrípeta de las fórmulas matemáticas, chocan, se retraen, conviven, se alteran, caen en la indiferencia. Se niegan el saludo. Pero, sobre todo, hacen imposible un interior. Cuando la casa se convierte en un entarimado colgado en la pared no hay espacio posible, solo existe una sequedad que cruje cercana a la aridez, una ausencia de globalidad soñada a ambos lados de un muro frágil que desconocemos. Como un armario que nunca está en el lugar adecuado, aquí el ser es empujado, desplazado por el espacio, sin una meta en la que detenerse.

Estamos fuera. No podemos atravesar las ranuras del recuerdo. Ni siquiera un objeto del grosor de una página podría ser deslizado bajo la puerta que conduce a la “no casa” de Florentino Díaz. A la intemperie, mientras leemos un texto que trata sobre el interior que nos sucede, comienza a llover. Las gotas que no son nuestras impactan y se deslizan sobre el papel. En el espacio, el papel y la tinta siempre fueron dos desconocidos, y no corresponde al artista protegerlos de la lluvia.

 

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