Como en casa

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Como en Casa :: Antonio Maya y Manolo Dimas, dos pintores grabadores, se reencuentran en esta exposición. Se conocieron mostrando su obra en Grupo 15 en Madrid, el famoso taller de litografía, calcografía y galería donde pasaron artistas como Saura, David Hockney, Sam Francis, Claudio Bravo, Antonio López, Luis Gordillo, José Guerrero, etc. Ahora, en otro de los epicentros del grabado, se reúnen entorno a una nueva generación, acompañando y contextualizando a Jerónimo Maya y Clara Salamanca.


Más allá de la escenografía de un excepcional continuum generacional, Como en Casa es un cántico a la pintura, un ritual lírico de identidad creíble en el marco del frenesí del “faire n´importe quoi” duchampiano, poblado de objetos –tantas veces ocurrencias- de la atmósfera ideográfica donde los conceptos que imaginamos como proyecto se imponen a los desarrollos formales.

Pero no olvidemos que uno de los más incontestables pintores de los últimos cuarenta años, Gerhard Richter, reclamó para la pintura esa extraña cualidad que algunos patrimonializan para las “cosas”, cuando un crítico despistado le preguntó: “Señor Richter, dicen que Usted es un pintor conceptual”. A lo que el gran artista alemán respondió: “el pintor que no es conceptual es un idiota, como la pregunta que Usted me hace. Todos los pintores son conceptuales, porque todos piensan”…

Antonio Maya | Como en casa
Antonio Maya | Como en casa

Y en el discursivo ideograma de esta exposición, aludía a una continuidad excepcional en tanto que la historia del arte contemporáneo nos ha mostrado los coitus interruptus de las sagas. Véase sino la suerte que ha corrido la descendencia de la dupla pictórica más decisiva del siglo XX, Picasso-Matisse. Ellos –como tantos otros genios artísticos- han sido capaces de cambiar los resortes de la mirada, del gusto, de la perspectiva, de las formas y del color y hacernos cómplices de su frenética pasión por la pintura, pero como poderosos Atilas no dejaron crecer la hierba en el predio familiar.

Sin embargo, siempre ha habido excepciones y hete aquí que Como en Casa, que nos ofrece el Museo do Gravado de Artes, no sólo puntualiza lo excepcional sino que legitima un peculiar aserto de la popular sentencia “De tal palo, tal astilla”. Unos y otros creen a pies juntillas en el hecho pictórico y reafirman una identidad muy clara y consolidada en los pater, Antonio Maya y Manolo Dimas, y un camino más experimental en los hijos, Jerónimo Maya y Clara Salamanca, aunque todos ellos hacen explícito un nexo: el ritual poético y la dimensión lírica de sus trabajos, es decir, el cuidadoso ritmo de la pintura como secreción visual que mima la fuerza de los gestos, el valor del color como rima sincopada de los objetos y una narratividad que versifica la vida como la rareza de un “carpe diem” perdido por Horacio en una vieja Oda campestre.

Manolo Dimas | Como en casa
Manolo Dimas | Como en casa

Los dos primeros han singularizado ya un lenguaje y son figuras prestigiosas e importantes en la mejor definición de la pintura española después de los años ochenta del siglo pasado. Los hijos han iniciado su singladura y tratan de mostrar los recursos con que afrontan la larga y tortuosa navegación que afrontan haciendo guiños a una experiencia que rompe las fijezas formales de la figuración o del realismo renovado de sus padres. De alguna manera hay una voluntad de “matar al padre” en la desestructura formal de sus planteamientos, matar al padre en la visión freudiana que Lacan llevó al asesinato en el sentimiento del goce. Un goce que se manifiesta en el libre albedrío de las formas y en la incontinencia gestualizada que desborda los límites del espacio como experiencia para tantear el miedo que los padres ya han superado hace muchos años.

Antonio Maya es un auténtico maestro, uno de los grandes del dibujo y de la pintura en esa tradición del gran realismo español que parió un día Velázquez y marcó la identidad más decisiva en el arte de este país. Su poética visión zurbaranesca, táctil y metonímica como fragmento de cualquier todo, que ejemplifican sus reflexiones “Sobre los objetos humildes”, constituye una lección de acercamiento a la vida en la presencia de algo tan cotidiano como esos útiles que cada día nos acompañan en una cocina. Y lo hace con la mirada transparente que rompe la realidad a su antojo a fin de que lo más pequeño adquiera una mirada épica en un maravilloso dibujo que puede romper cuando afronta el paisaje y la fábula que inventó Perrault con Caperucita, atravesando la calidez de un bosque frondoso y liberado por la magia del color licuado. El color cálido que ha definido el “joie de vivre” de Manolo Dimas con su dibujo fijado en las maravillosas yuxtaposiciones de los relatos cortos que funden la figura y el paisaje como en los canónicos frisos de Fídeas. Visión clasicista que eleva la pintura a su condición más pura en una justa refracción armónica entre el cromatismo incendiario como un estado del alma, vertebrado tantas veces por la sensualidad del desnudo –véanse los ecos reinterpretados de Cezanne/Matisse-y un espacio abstracto o real que sólo puede aprisionar la fidelidad del dibujo.

Ese dibujo es de la misma sustancia del que se sirve Jerónimo Maya para construir sus fabuladas iconografías balbucientes, distorsivas o metamórficas, que elevan el gesto a una caligrafía sinuosa de espacios transparentes que aluden, igualmente, a los mitos clásicos en las escenográficas presencias de Narciso y Segismundo o en el calor oscurecido de las Parcas. Visiones que el buen dibujo presiente como un hito protagónico frente a la emulsión abstractiva de la atmósfera que oculta lo mistérico. Emulsión abstractiva que vehicula la experiencia más gestualizada e incandescente en la obra de Clara Salamanca, que adoba la pintura con fuertes trazos de color y la presencia de un collage que alimenta el significado de la obra como un poema sinfónico: más allá de la narración que explicita en los títulos, sus pinturas aluden a la musicalidad emocional que definen sus gestos, círculos y goteos o espirales, como notas de un pentagrama que un día encandiló a Klee a su regreso de Túnez.

En todos los casos, la pintura se hizo carne y revela, en este rincón gallego de Artes, que la proclama de su muerte que, un día, allá por los años 70, hiciera Joseph Kosuth no sólo es imposible sino ajena a la terapia emocional del ser humano, como nos han mostrado los sapiens que pintaron bisontes y ciervos en Altamira hace algo más de 10.000 años. Así sea.

Antón Castro

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