Daniel Blaufuks inaugura con una individual el nuevo espacio galerístico de Vera Cortês

"en Arte en Portugal/Exposiciones"

Tentativa de agotamiento | Daniel Blaufuks
Galeria Vera Cortês
26 nov 2016 – 14 ene 2017


La galería Vera Cortês inaugura nuevo espacio con una individual de Daniel Blaufuks. Del mismo modo que en 2006 abrió su espacio galerístico en un apartamento del siglo XIX con una exposición de este artista, ahora cambia su ubicación para trasladarse a un nuevo lugar en Alvalade, el barrio de la Lisboa modernista, buscando un espacio más industrial, el de un almacén, con el fin de cuestionar los límites de lo que hoy es una galería de arte. Como si Blaufuks fuese su artista fetiche, el nuevo local viene a ser inaugurado con una expo del artista, quien ha llevado a cabo un proyecto específico para la nueva galería.
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Entre el viernes 18 y el domingo 20 de octubre de 1974, el escritor Georges Perec se sentó, varias veces, en un café en la plaza de Saint-Sulpice en París y apuntó minuciosamente todo lo que se le atravesó en su campo de visión, tanto personas conocidas como desconocidas, números de coches, perros, funerales, y hasta lo que consumió. Esas anotaciones “de lo que generalmente no se anota, de lo que pasa desapercibido, de lo que no tiene importancia, de lo que pasa cuando nada pasa, salvo el tiempo…” sirvieron de base para el libro Tentativa de agotamiento de un lugar parisino, una obra sobre lo infraordinario con enlaces obvios a la fotografía contemporánea.

Entre 2009 y 2016 fotografié una mesa y una ventana de mi cocina en Lisboa. Primero atraído por el silencio, después por la forma en como la luz caía en los objetos y seguidamente por su composición geométrica, me fui deteniendo más y más en como todo se repetía y no se repetía por las ligeras y casi invisibles diferencias del día a día, de la época del año y de las condiciones metereológicas. Al contrario que Perec en el Café Tabac en París, nada de nada pasaba por delante de las ventanas luminosas, pero opacas, mientras sobre la mesa los objetos se iban alterando según los días y las necesidades: platos, vasos, periódicos, revistas, flores, servilletas, libros, frutas de temporada, papeles, instrumentos, mapas. Lentamente la cocina, debido al recogimiento en relación al mundo exterior, se transformó para mí en un lugar de refugio, de abrigo, de pensamiento, de apaciguamiento. La luz suspendida me recordaba a veces, claro que modestamente, la de un iglesia o de una mezquita en la que estuve una vez en Irán. Los días pasaban y yo fotografiaba de vez en cuando, sin más intención que la del propio acto de fotografiar. Aquí dentro todo parecía igual, mientras que fuera el mundo cambiaba, un amigo moría, un gobierno caía, un libro salía, una guerra destruía, una bomba explotaba. Hubo un día en que el mundo intentó entrar, cuando un contratista llamó a la puerta y avisó de que el propietario quería cambiar la ventana por una más moderna de cristales grandes que dejarían pasar más luz y menos frío y con la que yo me sentiría mejor. Aún estaba hablando cuando cerré la puerta. Continué fotografiando, empecé a probar con otras herramientas y con otros resultados. Color, blanco y negro, negativo, positivo, digital, carrete, instantánea. En algún lugar encontré una fotografía antigua de mis bisabuelos refugiados alrededor de una mesa enfrente de una ventana parecida. También ellos estaban bañados por esta luz, porque, sí, la luz era la misma.

Fotografiando día a día, empecé a darme cuenta de que, por más que fotografiase, las imágenes nunca serían capaces de reproducir todo ese minúsculo espacio. Incluso aunque ese todo fuese traducido en idénticas horas de tomas, faltaría entonces el tiempo para revisarlas, igual que Funes no tenía tiempo para vivir por causa de su memoria prodigiosa de casi solo un día. Por otra parte, cada fotografía traduce la realidad a su manera: ligeras alteraciones de color en digital, sobre-exposiciones de luz en la cámara, grano en el blanco y negro y fascinantes reacciones químicas en la instantánea. El propio formato elegido, o la lente seleccionada, la película o el tratamiento, representa una especie de verdad distinta. Pero al ver tan lenta como rápidamente una imagen delante de mí, en mi mano, en lugar del inmediatismo de la pantalla digital, me provoca igualmente una relación completamente diferentes con el objeto fotografiado, dando lugar a un contacto físico, a la manipulación del objeto-fotografía, y al error, un eco lejano a muchos errores cometidos en el laboratorio fotográfico cuando la fotografía aún tenía algo de alquimia. Otras de las imágenes necesitaban ser reveladas en esa oscuridad fantasmagórica que acostumbraba acompañar al proceso fotográfico, pero que, tal como la belleza del error y el desvanecimiento de la imagen, forma parte ahora de un pasado analógico. En digital no hay defecto, la repetición se vuelve innecesaria, nada se pierde, nada se transforma ni nada muere, porque, en realidad, no existe y es apenas luz informática. No es palpable ni es táctil, la fotografía como objeto casi ya solo existe en la feria (barata) o en la galería de arte (cara).

Seguí fotografiando más y más. Sentí que en un mundo repleto de imágenes de las más dispersas geografías, tenía sentido que fotografiase siempre el mismo sitio y siempre la misma fotografía. Pero el lugar elegido reveló su gran ingratitud. La tentativa no pasa de tentativa e mi ventana resulta tan inagotable como el café de Perec. Nada cambia mientras todo cambia. Las centenas de fotografías apenas retratan una pequeña parcela de tiempo dentro del tiempo, un fragmento microscópico sin importancia en un flujo constante. Algún momento llegará en el que yo no estaré y algún propietario por fin cambiará la ventana. Entonces, sí, iluminará infinitamente otra luz. Alguien será tal vez igualmente feliz aquí, en ese otro tiempo que no es nuestro tiempo.

Daniel Blaufuks, octubre 2016

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