Daniel Verbis: el animal en su laberinto en Galería Siboney

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El animal en su laberinto: prueba caligráfica de una aparición | Daniel Verbis
Galería Siboney
9 jul – 15 ago 2016


La galería Siboney acoge la segunda muestra individual de Daniel Verbis titulada El animal en su laberinto: prueba caligráfica de una aparición. El artista reflexiona acerca del lenguaje, los materiales y los soportes para dar cuenta de cómo la experimentación y el cuestionamiento de la técnica y la materia dan origen a piezas que superan sus propios límites.

La exposición cuenta con tres esculturas de la serie Lissitzky (2016) junto a collages, dibujos y una pintura que lleva por título: Toda una vida en el laberinto de los espejos, una pieza basada en composiciones geométricas.

Daniel Verbis | Serie Lissitzky nº 1
Daniel Verbis | Serie Lissitzky nº 1
Daniel Verbis | Serie Lissitzky nº 2
Daniel Verbis | Serie Lissitzky nº 2
Daniel Verbis | Serie Lissitzky nº 3
Daniel Verbis | Serie Lissitzky nº 3

En el pantanoso terreno de las cosas visibles que se desconocen, en el informe contexto de la naturaleza siempre alerta se cimenta la pintura, toda la pintura, y la materia, toda la materia queda sujeta a la liviana estructura de un bastidor que, en medio de la contienda, tiembla. Apenas un poco de vida se puede detener, retener, contener. La lava y el iceberg, el infierno de las pasiones y el frígido dios de la razón son los signos extremos que auguran el hielo y el fuego de la desaparición. Nada resiste, todo es tendencia. Nadie es irresistible, todo es conveniencia.

¿Pero qué dice de nosotros este empecinamiento inmemorial por registrar con nuestras propias manos lo que vemos, lo que imaginamos, lo que desconocemos, este afán por enfriar la cera, cocer el barro, dejar impresa nuestra huella…? ¿Qué se oculta detrás de las imágenes? ¿Un vacío asfixiante, un profundo agujero, la tramoya de un teatrillo de vanidades, el atrevimiento de la inexperiencia? ¿Fallas y heridas? ¿Gritos y grietas?

En cierto sentido la pintura está más allá del juicio crítico porque para muchos es una (sin)razón que no justifica toda una vida de ausencias y presencias. Toda una vida en el laberinto de los espejos deformados para enamorar, para figurar, para expresar. Toda una vida de palabras y cosas que empiezan a significar cuando divisamos las secretas correspondencias agazapadas en el pensamiento rutinario. Campos magnéticos que explican cualquier conciliación, cualquier arreglo. En el arte de la pintura se descubre que las cosas de la vida encajan, pero que ese puzzle es inabarcable; también, que a media distancia la vida deja de interesar, uno tiene que acercarse o alejarse de esas mismas cosas para intuir que debajo de la mirada apática hay algo más. En el engranaje lenticular telescópico, en la lejana cercanía del microscopio la imagen revelada, la imagen relacionada, la imagen extra-terrestre, la imagen anacrónica, las palabras y las cosas parecen otras, empiezan a significar. Todo encaja a pesar de que todo está repleto de pequeñas anomalías y sólo ve aquel que sabe orientarse en el campo de batalla de lo visible. Mirar es lo mismo que hacer, es lo mismo que pensar.

Daniel Verbis | Toda una vida en el laberinto de los espejos
Daniel Verbis | Toda una vida en el laberinto de los espejos

Descubrir las diferencias y las referencias produce un placer insustancial si se compara con la percepción compleja del friso de la totalidad, pero puesto que la visión panorámica de esa totalidad no es factible, cualquier forma de conocimiento, cualquier forma del arte pasa a ser una invención. La ley de la selva dicta qué es lo que hay que conservar, quién se va a salvar, qué hay que mirar. Es necesario salir de la corriente para ver el río, es necesario alejarse de la tempestad para ver el mar. La figura visible, la figura identificable ya no se puede entender como algo autónomo, como una presencia suspendida en un tiempo presente, la figura es ya para siempre una cosa dependiente, una cosa memorable, el eslabón de una cadena que se dibuja paso a paso durante todo el tiempo. Sumergidos en el flujo acuático de las sensaciones no hay conciencia. Pero detenido ese flujo, en la foto fija de la acción duradera surge la figura, lo identificable. La intención, la aspiración y el deseo encuentran su objeto, encuentran su cuerpo. Cuerpo en suspensión, marcas y signos que definen un lugar, nuestro lugar.

En el menos comprometido de los casos, cuando no sabemos cómo ocupar ese lugar, cómo hacer de ese lugar una identidad natural, nos agarramos al dibujo, a la geometría, a la línea descriptiva, al contenedor que delimita la arquitectura; espacio puro sin objeto, espacio virtual, espacio social, andamio, casa. Cuando el objeto, cuando la cosa natural se desbarata, se dispersa, se hace tormenta o fango, nos hacemos fuertes en el redil del agrimensor, en la cabaña racionalista. Es así como se supera la angustia de la dispersión, la angustia que transforma el desierto en aguas movedizas. Es así como paralizamos el deseo de saltar del acantilado y ser mar, el deseo de romper esa línea con principio y final que dibuja la vida. Y todo esto nos lleva a afirmar, imprudentemente, que el pintor no tiene que elegir entre el grito o la gramática, que seguramente el arte es sólo un arreglo que compromete la vida y el pensamiento con monstruos y ensueños de la razón, pero siempre al unísono, nunca por separado.

Daniel Verbis

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