KOONS ⋆ BASQUIAT | Museo Guggenheim

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Eduardo Fernández | 15 de septiembre 2015


Comencemos con una revelación que podría comprometerme… pero cualquier duda debe ser disipada: estoy fascinado por Basquiat y Jeff Koons. He disfrutado viendo sus obras desde hace años. Yo podría ser uno de esos fans que recorre largas distancias para conocer a sus ídolos, preocupado por descubrir que todo era mentira y que la admiración era desesperación canalizada en ilusiones.

Existe una figura del folclore popular de internet que ha cobrado interés recientemente: el Stalker. Personas que se dedican a observar continuamente a otros sin llegar a tener contacto, desarrollando una extraña relación con la realidad. Hitchcock convirtió la obsesión y el voyeaurismo en el sujeto de sus películas, Wim Wenders cogería una cámara y se lanzaría a derribar esas ideas fijas con una prueba de campo, y Lacan hablaría de esto seguramente muy enfadado y gritando: “No entiendo nada… ¿Queréis ser como el otro, o queréis ser el otro?”. Identificarse con un elemento externo es la forma de afirmarse en el medio. Pero algo cambia dentro cuando observamos desde esta perspectiva. Recuerda mucho al fenómeno Fan y el culto a las celebridades, tan fácilmente explotables.

Es preciso saber cuánto de real hay en las opiniones que hemos interiorizado y hecho nuestras. Yo siempre he querido ser un artista excesivo, como lo son Basquiat o Koons.

Untitled de Jean Michel Basquiat. Yo veo un el boxeador santo. (Cortesía Guggenheim)
Untitled de Jean Michel Basquiat. Yo veo un el boxeador santo. (Cortesía Guggenheim)

¡Qué atractiva resulta la creación tal y como la entienden estos artistas!, el comportamiento excesivo, la figura del Rockstar, quemarse antes que apagarse lentamente. Aunque la plasticidad y la amplitud de recursos son puntos en común de muchos creadores, son el abuso y el exceso las cualidades que pocos saben manejar. Los formatos de Koons son construcciones megalómanas y excesivas. Basquiat y su técnica, voluptuosa y estridente: el vudú, esa fuerza caligráfica de las ceras blandas de óleo, el tropicalismo exagerado en el trazo, una figuración antropomorfa y primaria… Basquiat hace suyos procesos pictóricos indomables. Está muy lejos de trabajar la pintura como un lienzo a secas. Sus cuadros rebosan la confianza de un diario personal –caótico- de páginas llenas de Hip Hop y subversión.

Basquiat, como sucede en la nueva música Rap -cuyos exponentes serían Kanye West o Kendrick Lamar– viene de un panorama urbano, alejado de la metodología y el compromiso con los fundamentos de una escuela o estilo. La composición está marcada por el collage y la mezcla de técnicas, haciendo de la inexactitud e incoherencia formal una base sólida sobre la que trabajar, despertando emociones que hoy calificaremos de fragmentarias, con tendencia a lo abrupto y un inconfundible neobarroquismo. Delante de un cuadro de Basquiat uno debe evitar contener su entusiasmo y dejarse llevar por las sensaciones más primarias.

Win $ 1,000,000 de Basquiat (Cortesía Guggenheim)
Win $ 1,000,000 de Basquiat (Cortesía Guggenheim)

Por otro lado, Jeff Koons tiene un conocimiento del mercado y unas tácticas empresariales que no podemos encontrar en otros artistas. Tiene más de Warhol que el propio Basquiat, siendo este uno de sus protegidos. Es una franquicia. Hemos visto esta caricatura del artista americano muchas veces; un genio cargado de virilidad y fuerza. Un salesman rodeado de un estruendo de materialismo. Las mismas personas que disfrutaron con la reciente película de Scorsese El lobo de Wall Street, realmente gozarán con la exposición de Koons. Son productos que encarnan el mecenazgo del exceso con el que sueña la clase media. No puedo imaginar una mejor forma de celebrar la excentricidad y ascenso en la escala social que con una pieza así. Koons abraza descaradamente la mediocridad y la personaliza con el magnetismo y el candor de los “vencedores”.

La langosta de Koons
La langosta de Koons

Me llama la atención que estos dos pesos pesados coincidan en el calendario. Por eso la contextualización de ambas exposiciones es bastante ambigua. La obra de Basquiat es el punto y final a una época de enorme experimentación que todavía pasa desapercibida. Vamos a soltarle el primer golpe bajo a esta exposición: falta dirección en la selección de las piezas, y me preocupa la ausencia de contenido. Pedirle a un miembro del Club de los 27 que sea concluyente no tiene ni pies ni cabeza, pero eso tampoco es excusa para hacer una exposición que indaga vagamente en el autor y donde la investigación es insuficiente. Muchas de las piezas son documentos y no tienen valor más allá del culto a la personalidad. Seguramente todavía sea pronto para dilucidar qué aspectos de un artista de los 80 son destacables, hacen falta décadas para comprender una época. Voy a mojarme un poco. Con Koons es fácil ver que su punto fuerte es la escultura. Basquiat juega en otra liga y su obra debe ser contextualizada apropiadamente. La galería y el museo no le sientan bien.

Ironía de un policía negro, Basquiat. (Cortesía Guggenheim)
Ironía de un policía negro, Basquiat. (Cortesía Guggenheim)

Ahora es el momento es el título de la exposición de Basquiat y en mi opinión, una opción muy inestable. El título es un fragmento del célebre discurso de Martin Luther King I have a dream, pretendiendo enfocar todo el proceso artístico de Jean Michel en una contienda sobre los derechos civiles de la comunidad afroamericana. Es cierto que la condición racial es un axioma sobre el que pivota la obra de Basquiat, pero es muy cuestionable el compromiso social… Más bien parece una invitación a mirar los cuadros con unos ojos poco familiarizados con la diversidad étnica.

Vivimos un dudoso status de los derechos civiles. Décadas de progreso se han encontrado de golpe con una vuelta a modelos decimonónicos que creíamos extintos. Algunos filósofos e intelectuales sensacionalistas hablan de la destrucción de la clase media, de la Ilustración Oscura o del Fin de la Historia. Pero centrémonos en la cuestión racial. Los americanos llaman “racismo institucional” a los vestigios de su apartheid colonial. Cuando hoy se puede ver en youtube, un vídeo de la muerte de un joven negro a manos de la policía, provocando manifestaciones y revueltas que terminan con despliegues militares, es hora de replantearse cosas. ¿Qué lugar es este, donde el progreso avanza en distintos niveles y a diferentes velocidades? Permitidme contextualizar la pregunta: ¿Puede Jean Michel Basquiat representar los derechos civiles en un momento tan conflictivo? Tengo mis dudas de la labor activista de Basquiat, y no hablemos de Koons.

El museo ha instrumentalizado la figura de un pintor y lo ha llevado al terreno político con torpeza. Solo se puede hacer cuando el artista no está presente, porque en nuestra civilización, la memoria es un proceso compensatorio que busca equilibrar el presente. Ante la falta de perspectiva histórica, el relato que nos contamos sobre el pasado es una anécdota con la que entretenernos mientras continúa la deriva ideológica.

Imagen de los vinilos de la exposición de Basquiat Now is the time
Imagen de los vinilos de la exposición de Basquiat Now is the time

Hace falta mucha imaginación para que el Guggenheim, la franquicia museística más poderosa de occidente, represente al espíritu del momento: transparencia, democracia y participación ciudadana. El uso de cualquiera de estos términos tiene un tono lírico –no político- en entidades privadas. Estos espacios para la cultura cumplen agendas y utilizan mecanismos que recuerdan a la propaganda. Esto, unido a la escasa permeabilidad con su entorno, nos pone en bandeja una comparación fácil del gran museo con la imagen que se tiene de la administración de países soviéticos durante la guerra fría. Calma. Intentaré ser menos amarillo.

Jeff Koons exigiría un ejercicio de autoindulgencia acrobático para ser el ejemplo de una causa. Pero tampoco nos obcequemos con una visión utilitarista de los artistas. Su retrospectiva es sincera, aunque poco halagüeña con la situación del sector cultural. Un enfant terrible está muy bien para épocas de estabilidad donde la provocación es un efecto genuino y la conciencia puede dejarse aparcada momentáneamente. Koons supo adaptarse a los gustos de una industria en expansión como es la del arte a principios de los 90, y es un verdadero profesional, con habilidad para la promoción de su marca. No es casualidad que trabajase en bolsa. Ha convertido en ceremonia y monumentalismo los gustos más prosaicos. Yo creo que el museo hace una práctica corrosiva e irónica de sobre-identificación, convirtiéndose en un espacio turístico y de souvenir gracias a la figura de Koons. Monumentalizar la banalidad y lo kitsch son pobres pasos dentro de cualquier compromiso con la estética, pero es taaaan cool y te hace parecer tan sofisticado. Seguimos bajo la fría y húmeda sombra de Warhol.

Pluto and Proserpina, Koons.
Pluto and Proserpina, Koons.Pluto and Proserpina, Koons

Con un tamaño de tres metros y medio, Pluto and Proserpina, la pieza de Koons que representa el rapto de Perséfone, es una escultura de acero con un acabado increíble. Mis profesores de historia del arte, mientras bostezaban por el efecto de los antidepresivos, nos juraban que en la antigüedad las estatuas sin brazos de los libros estaban policromadas. Nunca habríamos esperado nada parecido a esta auténtica droga para los ojos que es esta pieza. Es una update deliciosa. La síntesis de los valores clásicos renovados para que brillen como nuevos nos toca muy de cerca. Esta obra, como todas las de Koons, cae en el plato del hambriento público como un kebap grasiento. Todos nos lanzamos a devorarlo con ansiedad gritando y llorando, llenos de salsa y remordimientos porque venimos del gimnasio y nos sentimos culpables.

La fractura entre el arte erudito y el arte popular es difícilmente salvable para los que vivimos en la periferia. El provincialismo sigue ligado a una única cultura oficial. Susan Sontag opinaba que en España no podía calar el arte pop porque exigía una cultura de consumismo que nos era ajena. Dijo esto en los 60, cuando aquí destacaba el informalismo abstracto y el realismo social. Hoy ya no podría decirlo, no porque finalmente hayamos desarrollado una cultura de consumo que sirva como telón de fondo, sino porque el circuito del arte internacional tiene pistas de aterrizaje en toda la península tras el boom de los museos en los 80. Y han resultado ser embajadas de políticas culturales extranjeras. Ya veremos a donde lleva esto, sino a un incipiente esnobismo.

Terminamos con un precipitado análisis del sector artístico vasco. Más de una década después de haber aterrizado en Bilbao, el Guggenheim, un éxito de cifras y visitas, todavía no ha tomado tierra en el suelo de Euskadi. La función de representar a artistas locales la cubren los espacios municipales y las galerías, donde a veces el circuito “oficial” no puede poner un pie a riesgos de sufrir una estigmatización social. El público tampoco hace concesiones. Los criterios basados en excelencia y prestigio, como los anuncios de bisutería o de relojes caros, están lejos de representar la ciudadanía. Me recuerda esto a la obra Satelite de Eugenio Ampudia, donde el museo Guggenheim de Nueva York despega desde una lanzadera y viaja por el espacio hacia las estrellas. Las instituciones llevan mucho tiempo sin poner los pies en la tierra. Ser artista es soñar con ser astronauta.

Detalle de Satelite de Eugenio Ampudia. El Guggenheim de Nueva York se lanza a buscar nuevos horizontes
Detalle de Satelite de Eugenio Ampudia. El Guggenheim de Nueva York se lanza a buscar nuevos horizontes

Si visitas Bilbao y quieres ver realmente a Basquiat y el rollito multicultural más underground, vete al barrio de San Francisco, donde están los inmigrantes del magreb y subsaharianos, con ikurriñas colgando de los balcones en calles llenas de locutorios y tiendas árabes. Si quieres ver a Koons, pasea por el centro de una de las capitales europeas de la cultura e imprégnate de la filosofía de Euskadi y su soberbia política cultural. Bilbao no escatima en invertir en edificios y centros culturales, como el increíble Azkuna Zentroa, una visita obligada. Los vascos han entendido, parafraseando a Baudelaire, que la misma imaginación que creó el mundo, es justo que también lo gobierne. Lástima que últimamente la imaginación se encuentre como la economía: frágil y escasa.

Bilbao es una de las capitales culturales del momento
Bilbao es una de las capitales culturales del momento

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