La extrema lentitud del color y la forma

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Introduce este texto bajo el agua. Por un tiempo indefinido, deja que la tinta se disuelva. El lenguaje, a veces, no pretende otra cosa, y sabe ser generoso con sus amigos. Nuestros diccionarios podrían ser plantas o animales acuáticos que duermen en el fondo del océano. Se mueven con la delicadeza de las algas, con la suavidad de las esponjas. Para las especies marinas no existe el constante compromiso de leer. Ellas saben que a veces debemos desprendernos de las palabras. Cada palabra posee millones de raíces, y todas quieren ser respetadas. Debemos, entonces, leerlas muy despacio, pronunciarlas con un ritmo lento, desacelerado, como si todavía los pensamientos no hubieran terminado de gestarse.

Bajo el agua, con nuestros idiomas disueltos, debemos posponer nuestra definición sobre las imágenes. Aprender a esperar. Como escribiera Nietzsche en El ocaso de los ídolos, “aprender a ver – habituar el ojo a la calma, a la paciencia, a dejar-que-las-cosas-se-nos-acerquen; aprender a aplazar el juicio, a rodear y abarcar el caso particular desde todos los lados”. Si miramos las imágenes desde este diferimiento del tiempo, podríamos ser semejantes a los pacientes esperadores descritos por Rilke, comportarnos como ellos, como si tuviéramos “por delante la eternidad, de tan despreocupadamente tranquilos y abiertos”. Bajo el agua debemos desarrollar este aprendizaje de la paciencia, en especial si nos encontramos, sumergidos, con las obras de Giacomo Santiago Rogado.  

En ellas el artista nos muestra todas las variantes y estiramientos de la percepción, un tiempo opuesto a la velocidad y al progreso moderno. Las formas de Rogado aparecen como aperturas ralentizadas. Su tacto toca el lienzo con la sensibilidad del descubrimiento. La caricia de la mano, como el fuego, prende su intimidad. Como si fueran organismos simples o unicelulares, las formas flotan serenas, y su vacío nos recuerda que el interior de las cosas puede moverse como las hojas o como el polvo de una galaxia lejana. Aquí, sobre el lienzo, el refinamiento-silencio sucede, vibra, como si el mundo fuera un cosquilleo bajo los párpados. 

Las manchas de Giacomo Rogado piensan sobre las cuestiones más sencillas. Pierden teorías. Crecen como un biorritmo desenfocado, vegetal, difuso, en un paisaje intangible donde todo puede suceder. Poseen el romanticismo de la proximidad, una dimensión atmosférica de espacio-polen, un espacio de belleza congestionada donde el mundo se configura con la sustancia de un algodón sensitivo, capaz de absorber y reaccionar a diferencias y matices impensables para nosotros. 

Podríamos decir que, en las pinturas de Giacomo Rogado, los colores más pequeños se sientan a meditar. Cumplen un proceso de lenta convalecencia. Tras un colapso conceptual, han decidido detenerse. Pensar. Respirar. Pacificarse. Cuidarse a sí mismos. Observando y dejando ser a los detalles infinitos del mundo, se recuperan. Podrían, incluso, llegar a decir “yo”, desde la tranquilidad mágica que se atreve a perder su sabiduría. Con sus contornos amablemente indefinidos se disuelven, ensanchándose, desplegándose alegre y pacientemente, entre los otros, como si la luz se reuniera con sus compañeros más queridos para experimentar la sensibilidad de un lenguaje que no puede decirse de otro modo, solo en la coexistencia serena de un palabra-pétalo o de una palabra-nube. Intenta silabear tus células con el espíritu. 

Azul / Rosa. Podemos imaginar a dos mundos chocando lentamente, en un accidente proyectado a una velocidad muy baja. Y encontrar en ello un enigma.

Verde / Naranja. Podemos imaginar un encuentro de dos seres que permanecen próximos, sin tocarse. Y descubrir en ello un encantamiento.

Rojo / Violeta. Sé permisivo con el tiempo. Deja que se abra para sí mismo. Los segundos, como un hormigueo, te abrazarán.

Bajo el agua, los ojos siempre pueden abrirse más despacio. Hacer que los pigmentos acontezcan como una leve presencia. Hay, en el lienzo, mucho tiempo que recuperar. Mucha materia que aceptar. No importa si no reconocemos las cosas. Lanzaremos la memoria al futuro para que caiga, como una piedra, rodando hacia nosotros. La tierra pulirá nuestras pertenencias, y cuando nada sea nuestro, seremos limados por la esperanza. Todas las cosas que se llamaron, antiguamente, “ser”, se ayudarán entre sí. Su luz terminará por darnos la vuelta, y recordaremos que, cuando éramos niños, aquel mar que nos pareció enorme nunca dejó de crecer. Amaremos lo que, sin hacer ruido, viene a nuestro encuentro, como lo hacen las obras de Giacomo Rogado. 

Podrías contarme, hoy, la historia de los colores. No quiero saber el comienzo. Tampoco el final. Solo me gustaría escuchar qué sucedió, si es que algo pudo suceder. Quisiera saber por qué nunca pudimos tocarlos, por qué hacen de nosotros átomos pulverizados que duermen y despiertan ante una belleza no explorada. Cuéntame, hoy, la historia no dicha, siempre infinita, de los colores. Aquí, bajo el agua.

Miguel F. Campón

SOBRE EL ARTISTA

Giacomo Santiago Rogado (
Lucerna, Suiza, 1979).
Tras concluir sus estudios en la Universidad de Arte y Diseño de Lucerna (2005), completa su formación a través de diversas becas y residencias de artista, como la desarrollada en la Fundación Landis & Gyr, en Londres (2016). En la actualidad vive y trabaja en Berlín. Haciendo uso de medios como la pintura, la escultura o la instalación, realiza una relectura, tanto plástica como conceptual, de algunos artistas clave de la abstracción del siglo XX y de corrientes como el Op art, creando abstracciones autorreferenciales carentes de elementos narrativos donde el color y la forma se vuelven elementos esenciales.

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