Michaela Zimmer aterriza en la Galería Kernel

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NONSYNONYNOUS | Michaela Zimmer
Galería Kernel
Hasta el 14 de julio de 2018

A veces es preciso hablar de la vida. Pensar sobre esa fuerza inconcreta, indefinida e infinita, que sentimos como vital. Escribir un texto donde aparezca, en diferentes frases, la gramática de lo vivido, donde, desde la montaña del lenguaje, no encontremos el valle indicado hacia el que hacer rodar las palabras que nunca fueron sinónimas. ¿Hacia dónde lanzaremos la vida? ¿Hacia dónde caerá, sin nosotros? ¿En qué zona de belleza despertará? Tal vez termine abriendo sus múltiples ojos a la humildad, en el punto más frágil del espacio, allí donde pueda soñar el colapso o la transparencia.

Es en el despertar hacia un área de descubrimiento donde encontramos las obras de Michaela Zimmer. Junto a ellas, comenzamos a reconocer que lo corpóreo habla el idioma de un límite singular: “reconoce un no poder más allá / espacialmente, veis mi ser restringido / el cuerpo alcanza donde la energía móvil va y viene / así acontezco / entre seres no traducidos / que nacen a sí mismos con cuidado / en superficies sin desvelar”. Un idioma donde el cuerpo interactúa con el lienzo desde sus dimensiones humanas, como si el soporte y la artista avanzaran hacia un lugar de coincidencias y de encuentros desestructurados, en una danza ejecutada con la velocidad de la luz y con el lento caminar de la tortuga, tensando la sintaxis en el arco del cuerpo, señalando las proximidades, las cercanías y las posibilidades de una seducción circundante que florece en la amplitud inequívoca de la experiencia, en los nuevos flujos, pura y eminentemente físicos, de una visualidad alternativa.

Michaela Zimmer y la vida. Quizá, sobre el gris blanquecino del lienzo, la vida haya querido escribir una carta ilegible, confeccionar el paquete postal de un cuerpo que envía mensajes, en un código morse extravagante, a las asimetrías y armonías del espacio. La vida, sin imitación ni traducción, es ese extrañamiento que ocurre junto al tacto, en la presencia básica y radiante, por debajo de mesuras e imágenes, donde el equilibro contiene el eco de un movimiento y la historia oculta del cuerpo que lo transitó. La vida, amiga de los átomos gestuales, conversadora de grupos informalistas, de subgrupos de trazos fascinados, protectora del azar de los goteos, receptora de las ficciones y de las luminiscencias del spray. Amable y contundente, próxima y secreta, siempre sonríe en el baile contemporáneo de nuestros telegramas, en los extremos incansables de la corporeidad. Está en el contacto de la artista con la tela, en la pizarra sensible de esfuerzos únicos y éxtasis lineales, en marcas que son quemaduras espaciales de autenticidad. Michaela Zimmer crea un tratado inédito de mutaciones y estados de ánimo, un diccionario de buenas noticias y de texturas por descubrir que comienza, en su primera página, con una cita inventada, tal vez recogida de un manuscrito escrito en la intimidad del cosmos: “Todo sucede, pero nunca un objeto nos sucederá. Los objetos, como tú, son transparentes”.

El cuerpo de Michaela Zimmer clama, con discreción, que la pintura salga al exterior de sí misma y se haga materia, colmando la intensidad del movimiento estético. Ella es, también, una fina película de plástico, una piel extendida de muchos colores, delicada y extrovertida, que incrementa, poco a poco, la visceralidad de la existencia. De un punto hasta otro punto hay una inmensidad sensorial que se tensa y destensa, un mundo-plástico que sufre alteraciones, coloraciones, diferencias. El cuerpo coreográfico puede arrugar, estirar, situar, cortar, torcer, retorcer, tensar, fragmentar, perforar, desgarrar el color, el tiempo y la forma, aumentar o disminuir el delirio flotante y reflector del pensamiento, hasta que la materialidad fluorescente consiga retornar a la vida primaria, traer aquí, entre nosotros, la abstracción de los ángulos rectos, hacer fluir el estancamiento conceptual de las imágenes hacia la suntuosidad y la tonicidad cromática. La pintura es una infancia libre que ha salido a jugar al ánimo sintético de una visualidad traslúcida, brillante y luminosa, mostrando los pliegos del mundo en una sensualidad renovada que nos desplaza hacia esquemas de alegría meditativa, sin impresión ni expresión, en bloques de vitalidad donde todo movimiento, por pequeño e insignificante que sea, pronuncia una poética de horas primerizas.

Michaela Zimmer nos recuerda los intervalos y los metros subterráneos como estructuras abiertas hacia el desvelamiento energético del color. Nos recuerda la inocencia de un ser que se excede en desbordamientos de sensibilidad, visualidad e identidad. Y nos recuerda, sobre todo, que el espacio y el tiempo son dos gemelos que trajeron con ellos otras dimensiones, y que hemos de vivirlos como a niños que aprenden, entre instantes, a leer estratos, dando por buena la ilusión de unos hermanos, aún desconocidos, junto a los que dormir y despertar.

No sinónimos. Pliegues de bio-cromía
Miguel F. Campón

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